CULTURA

Voltaire, uno de los padres de la Revolución Francesa

El autor de Cándido o el optimismo fue uno de los mayores escritores e intelectuales franceses del llamado Siglo de las Luces. Los destellos de su lucidez siguen alumbrando hasta el presente.

Poseer la virtud de la justicia, sostenía Aristóteles, significa poner en práctica el bien de todos y no solo un ­bienestar egoísta. Solo así la justicia deviene en la virtud más perfecta. Aunque Voltaire no nació en una época de sueños ecuménicos, su vida, su literatura y su visión transformadora no formaban sino un todo ecuménico, y la fuerza de la historia no pudo dejar a la vera de la corriente a los escritores como él, que rompieron con los moldes de las viejas maneras de escribir e imprecaron, sobre todo, contra las viejas estructuras de poder, con una pasión honrosamente inaudita.

Nació en París el 21 de noviembre de 1694, y cuando todo hacía pensar que sería un próspero abogado de la corte, dejó la carrera de Derecho para dedicarse enteramente a la literatura: “No quiero ser un aborrecible funcionario real más”, le dijo a su padre. Su decisión no tenía vuelta atrás, valía por un portazo.

Voltaire fue un hombre que defendió hasta las últimas consecuencias la libertad de expresión y la tolerancia. Cuenta el escritor Eduardo Jozami: “Desde esa perspectiva es un crítico del absolutismo, pero piensa que la igualdad es una quimera que no puede lograrse y reaccionó con mucha violencia cuando Rousseau publicó su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, donde relaciona desigualdad y cultura de un modo que a Voltaire le chocó mucho, a tal punto que le contestó algo así como: Me parece muy bien cómo usted nos quiere enseñar a que volvamos a caminar en cuatro patas, pero hace 60 años que no lo hago, así que ya no podré. Un argumento que se ha ­utilizado mucho después, cuando se habla de la manada en referencia a las movilizaciones populares, o al aluvión zoológico. Se cita con frecuencia a Voltaire y Rousseau como si ­fueran más o menos lo mismo y eso ha sido estudiado en Francia como una creación ­política”.

En los orígenes de su formación se hallan los jesuitas del liceo Louis-le-Grand de París. Su padrino, el abate de Chateauneuf, lo presentó en la sociedad libertina del Temple. Poco tiempo después fue promovido en La Haya como secretario de embajada, pero un idilio con la hija de un refugiado hugonete lo obligó a regresar a París. No obstante, su celebridad sería reconocida varios siglos después, por haber sido probablemente el escritor más universal de los tiempos modernos.

Al ser una referencia de aquel movimiento cultural europeo bautizado bajo el nombre de Iluminismo y convertirse en uno de los filósofos que prepararían el terreno de ideas en el que surgirá la Revolución Francesa, Voltaire era un inconformista. “Para él, el optimismo es reaccionario”, afirmó el filósofo José Pablo Feinmann, y agregaba que cuando uno piensa en el optimismo aparecía la figura de Leibniz y su teoría del “mejor de los mundos posibles”. Voltaire le dedicará a la crítica de esta concepción una de sus mayores novelas, escrita en 1759, titulada Cándido o el optimismo. “Uno de los personajes centrales de la novela es el doctor Pangloss, quien es un apasionado defensor de las tesis de Leibniz y habrá de aplicarlas a lo largo del relato. De este modo, entregará la visión optimista de todos los sucesos, aun de los más aberrantes”, escribió el filósofo argentino.

Varias de sus publicaciones, especialmente un libelo en el que denunciaba por atroces crímenes al regente Felipe II, duque de Orleans, precipitaron su encarcelamiento en la prisión de la Bastilla, donde permaneció cerca de un año. Allí, entre la miseria y la soledad de los condenados, escribió su ­tragedia Edipo, inspirada en la obra de ­Sófocles.

Comprometido hasta el fin de su vida con los ardores de la época que le tocó vivir, libró una guerra sin tregua contra la superstición y la censura del establishment. Y aunque a la historiografía le gusta subestimar los orígenes intelectuales de cualquier revolución y los primeros seguidores de Voltaire tuvieron que soportar las consecuencias de ese menosprecio, lo cierto es que 260 años después continúan editándose sus relatos. Algo que, afortunadamente, se parece bastante a la inmortalidad.

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