Cultura

David Viñas y el cine

Casi en paralelo con sus comienzos literarios, fue gestando una profunda relación con el séptimo arte como guionista. Con los años, su participación en películas fue mermando, pero siempre siguió siendo un cinéfilo apasionado.

Para 1958, llevaba cuatro novelas publicadas, la misma cantidad de películas que para entonces llevaba hechas el director Fernando Ayala, quien ese año convocó a David Viñas para que escribiera la adaptación cinematográfica de su cuento El jefe, la historia de una banda de delincuentes juveniles con un jefe que los traiciona. En aquel elenco estaban Alberto de Mendoza, Duilio Marzio y Leonardo Favio. La música fue compuesta por Lalo Schiffrin, quien algunos años después haría el tema principal de Misión imposible. Finalmente ganó el Cóndor de Plata a la mejor película.

A comienzos de 1961, David Viñas escribió el guion de una película que tuvo una gran resonancia: Dar la cara. Fue dirigida por José Martínez Suárez –hermano de Mirtha Legrand–, y contó con las actuaciones de Leonardo Favio, Luis Medina Castro y Lautaro Murúa. La novela fue publicada con posterioridad. Hay algunas curiosidades con respecto a esta obra de Viñas. En el libro hay una criatura llamada Mafalda, nombre que inspiró al dibujante Quino para llamar así a su personaje más célebre. La obra también tuvo una influencia decisiva en otro creador de historietas, Roberto “El Negro” Fontanarrosa, quien dijo: “Fue para mí un impacto leer mi primer libro de David Viñas, Dar la cara. En ese libro los personajes hablaban como Berto, mi viejo, y como los amigos de mi viejo. Se jodían entre ellos y puteaban como yo escuchaba hacerlo a mi viejo con sus amigos en el club Huracán y tantos otros clubes de Rosario. Descubrí, entonces, a través del libro de Viñas, que eso era posible, que se podía escribir algo que reflejara fielmente una forma de hablar y de comportarse totalmente nuestra y alejada de modismos hispanos. Y no solo eso, supe que yo, como lector, me sentía junto a esos personajes de Viñas, más integrado, más involucrado en las conversaciones y en la historia, de la misma forma en que me sentía integrado, naturalmente, en mi casa o en el club junto a mi viejo”.

Posteriormente, en 1974, David Viñas colaboraría con Osvaldo Bayer en el guion de una de las mayores películas del cine político argentino: La Patagonia rebelde, una historia basada en los fusilamientos a obreros por parte del Ejército durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen.

A partir de allí, sus participaciones en el cine fueron disminuyendo, y dedicó todos sus esfuerzos a la creación de su obra ensayística y de ficción. Pero nunca abandonó su amor por el cine. Vio tres veces Ojos negros, de Nikita Mijalkov, conmovido por el humor de la película, sus personajes y lo elusivo de la historia. También dedicó muchos elogios a Humos del vecino, de Wayne Wang y Paul Auster: “Me parece genial la exaltación de la pérdida del tiempo. Es como decir que fumar es incinerar el tiempo. Además, es una película que pone en evidencia cierto interés por la recuperación de lo coloquial”. Se dejaba guiar por el instinto, no por las recomendaciones de especialistas, decía: “Soy defraudado casi constantemente por la crítica. Después de ver la mayoría de las películas de las que hablan bien, me doy cuenta de lo complacientes que son los críticos, especialmente con el cine argentino, con el que parece ponerse en juego una especie de patriotismo ridículo”.

En ese sentido, solía sobresaltar las películas de Leonardo Favio –en particular Soñar, soñar y Crónica de un niño solo– y la de Adrián Caetano, Un oso rojo, sobre la que opinó que “la actuación de René Lavand es excepcional. Crea un ámbito magnético a su alrededor”. Le costaba encontrar películas que verdaderamente lo entusiasmaran: “Es difícil atribuirlo a una sola razón. Hay un problema clave que afecta a todo el campo de la producción cultural: el de la fragmentación. Nadie se comunica con nadie, cada campo trabaja por separado. Me parece un gran error”. Había notables excepciones, claro: “Un caso para imitar es el de Leopoldo Torre Nilsson, que sabía en qué andaban los artistas plásticos, los músicos y los escritores de su época. Por otra parte, él mismo escribió algunos cuentos memorables. Bueno, lo suyo tiene cierta lógica. Ahí había acumulación de capital simbólico”.

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