La vida secreta de Carl Jung

Carl Jung le pidió a Sigmund Freud una relación de “padre a hijo”.

Carl Gustav Jung, el suizo que trazó una profunda grieta en el psicoanálisis, fue calificado por Richard Noll –autor de El Cristo ario. La vida secreta de C.J.– como el fundador de una nueva religión pagana, alguien que se pensaba a sí mismo como un dios capaz de salvar al mundo. El libro fue escrito luego de estudiar la totalidad de la obra publicada e inédita, las notas, análisis y diarios de Jung y de algunos de sus discípulos.

En 1906 –cuando Jung tenía 35 años–, le pidió a Sigmund Freud una relación de “padre a hijo”, manifestándole una devoción incondicional a su obra y su persona. Freud, por su parte, leía con interés los trabajos de Jung. Así nació una amistad. El padre del psicoanálisis apostaba fuerte por Jung “convencido más que nunca de que él es el hombre del futuro” y lo eligió heredero de su teoría. Freud tenía 50 años; Jung, 31, cuando se conocieron personalmente en 1907. La psiquiatría de entonces miraba con sorna las ideas psicoanalíticas, rechazándolas bajo la acusación de carecer de asidero científico. Freud estaba convencido de que su condición de judío mucho tenía que ver con el ataque a sus ideas. Su relación con un ario puro, como Carl Jung, salvaba al psicoanálisis “del peligro de convertirse en una preocupación nacional judía”, como dijo Freud en una de sus cartas.

Con los años, esa relación, que supo ser tan estrecha, se fue volviendo más distante e irreconciliable. En 1912, Jung había cuestionado en términos muy duros nociones fundamentales del psicoanálisis como la sexualidad infantil, las causas sexuales de las neurosis o el complejo de Edipo. Jung construyó sus propias teorías fascinado por los mitos, la alquimia y el ocultismo. Puso en circulación el concepto de inconsciente colectivo –para referirse a esa estructura recóndita de la psiquis que comparte toda la especie humana–, y desarrolló la teoría de que la creencia religiosa es un ingrediente fundamental de la salud mental. La ruptura con Freud fue inevitable.

Jung sentía una atracción irresistible por los fenómenos paranormales. Luego de leer el Fausto de Goethe, a los 15 años decidió que tenía con el autor del libro “un parentesco especial” por su búsqueda de la verdad “que sacrifica el ámbito del intelecto para iniciarse en la invocación mística de los espíritus a fin de alcanzar la sabiduría oculta”. Desde entonces se hizo espiritista y sentía que cada sesión era una experiencia sobrecogedora en las que la mesa se agitaba, los vidrios temblaban y su prima Kelly cantaba en trance con la voz del abuelo muerto. La ciencia no lo hizo apartarse del espiritismo. Recibido de médico seguía presidiendo sesiones en las que se convocaba el espíritu de los que ya se habían ido. Esa afición irracional no le impidió formar parte del plantel de la prestigiosa clínica psiquiátrica Burgholzli de Zurich.

Richard Noll, en el libro dedicado a Jung, con toda crudeza lo inscribe dentro de los que defendieron el darwinismo social y sostiene que quiso convertir al psicoanálisis en un culto religioso dionisíaco –cuyo oficiante principal era el propio Jung–, quien, con su personalidad carismática, sumaba selectos seguidores a una élite espiritual que lograría cambiar el mundo. Terminó rechazando por igual tanto al psicoanálisis como al cristianismo, imbuido por las ideas en boga en la Alemania de esos años que desembocarían en el nazismo. Quienes habían sido entonces sus compañeros de camino, se apartaron por su “narcisismo colosal” y por padecer lo que calificaron como “complejo de dios”.

Martin Freud, uno de los hijos de Sigmund, dijo que Carl Jung era “una presencia imponente. Era muy alto y ancho de hombros, más parecido a un soldado que a un médico y hombre de ciencia. Su cabeza era puramente teutónica, con la mandíbula fuerte, un bigotito, ojos azules y el pelo corto y raleado”. También recuerda la primera visita de Jung a Freud en Viena: “Nunca hizo el menor intento de entablar alguna conversación cortés con mamá o con nosotros, los chicos, sino que se limitaba a proseguir el debate interrumpido por la cena. En esas ocasiones solo hablaba Jung (de sí mismo y de sus casos y opiniones) y papá, con visible deleite, se contentaba con escuchar”.

Pasó sus últimos días durmiendo con una pistola cargada bajo la almohada y juraba pegarse un tiro si lo invadía la locura. Murió una tarde de 1961, a los 86 años, luego de un ataque de apoplejía.

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