cultura

Cléo de Mérode, la reina de la Belle Époque

Fue una bailarina de ballet que enamoró desde el maharajá de Khapurthala al rey Leopoldo II de Bélgica. A su alrededor hubo un enjambre de leyendas.

Su verdadero nombre era Cleopatra Diana de Mérode, nació en París en 1875, en una familia aristocrática de rancio abolengo. Su madre, baronesa de Mérode, había sido dama de honor de la emperatriz Sisi, hasta que se casó con un pintor paisajista. Del padre, cuando se enteró del embarazo, no se supo nada más. Cleo bailó de muy chica, y lo hacía con tanta gracia que su madre decidió que estudiara ballet en la Opera de París. Su primera actuación en público fue a los ocho años en la obra Phryné. A partir de allí, el escenario sería el lugar desde el que ejercería la más irresistible de las seducciones. La revista

L’Illustration la encumbró como “reina de la belleza” en 1896, se volvió modelo de numerosos artistas, como el fotógrafo Nadar, los pintores Edgard Degas, Gustav Klimt y Henri Toulouse Lautrec.

En las reuniones sociales, lucía como una joya viva en un desierto inmenso de baratijas. Tenía un rostro de facciones talladas con gran delicadeza, ojos profundos y misteriosos, y un eterno peinado con raya al medio que se decía que ocultaba cicatrices en las orejas, provocadas por un poderoso amante despechado que parecería no haber sido otro que el rey Leopoldo II, de Bélgica. Leopoldo II fue el segundo rey de los belgas y en ese trono se mantuvo durante 44 años. Bastó ver a Cleo en una función de Aída para ir a su camarín con un ramo de rosas para pedirle que vivieran juntos. El rey estaba tan embelesado con la bailarina que, el jefe de sus asesores, en sus memorias, dijo que secretamente lo llamaban “Cleopoldo”. La relación de la pareja parecía discurrir como en un cuento de hadas hasta que en una galería de París, en 1909, se expuso una escultura de ella, enteramente desnuda. Cleo afirmó que había posado vestida ante el escultor y que la imaginación del autor lo había hecho representarla sin ropas. El rey belga que, en el Congo había demostrado que ejercía sobre lo que consideraba sus posesiones el más cruel de los despotismos, en el plano personal, no estaba dispuesto a aceptar la más mínima infidelidad. No solo rompió con Cleo, sino que, como si se tratara de una esclava, quiso menoscabar su belleza con una marca indeleble en su cuerpo. No logró su cometido: la belleza de Cleo siguió poniendo el mundo a sus pies. En tanto, el rey murió ese mismo año. Bailó hasta los 50 años y, hasta el día de hoy, sus fotos se subastan por internet por sumas muy abultadas, como la encarnación de ese período que tuvo como epicentro París y que se prolongó desde el final de la guerra franco prusiana y el estallido de la Primera Guerra Mundial, conocido con el nombre de La Belle Époque. Su belleza fue comparada a la de las míticas Nefertiti o Cleopatra e, incluso, se la consideraba la encarnación de Simonetta Vespucci, la musa de Sandro Botticelli en el cuadro El nacimiento de Venus.

Se movía en el escenario con una gracia hipnótica, el escritor Jean Cocteau la consideraba la quintaesencia de la belleza y decía de ella: “Virgen que no lo es, dama prerrafaelita que camina con los ojos bajos por los grupos. El perfil de Cléo es tan gracioso, tan divino, que los dibujantes lo rompen. Cuando uno está frente a ella siente que es la mujer más bella del mundo”. Para Simone de Beauvoir, Cléo de Mérode era una cocotte –término que se utilizaba para llamar a los prostitutas de lujo–, lo que derivó en un proceso judicial que fue comidilla de la prensa durante todo el tiempo de su tramitación.

Cuando ya anciana, Cléo hizo el recuento de los grandes momentos de su vida. Solo salvó del olvido a dos pasiones: un conde que murió joven y un embajador español en París que, por serle infiel, ella abandonó. Su vida disipada en amores pasajeros y algunos romances obstinados, no solo no le acortó la existencia, sino que le dio una longevidad de 91 años, ya que murió el 17 de octubre de 1966, en su casa de París, en el barrio de Europa, sobre la rue de Teheran. Fue enterrada en el cementerio de Père Lachaise, en una tumba sobre la que se alza una estatua hecha por quien fuera uno de sus amantes, Luis de Périnat.

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