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El misterio del Graf Spee

El acorazado alemán fue hundido por su propia tripulación en las agua del Río de La Plata para no caer en manos del enemigo.

El 17 de diciembre de 1939 zarpó del puerto de Montevideo. Sospechaban que una flota británica lo atacaría en cualquier momento. Una poderosa explosión trizó los vidrios de las construcciones cercanas al embarcadero, los obreros portuarios y algunos ocasionales curiosos vieron cómo la nave se hundía dócilmente en las aguas del río. Su comandante, Han Langsdorf, se había puesto a salvo junto con toda su tripulación. Preferían perder el barco antes que lo tomara el enemigo.

Aparentemente obsedido por la sentencia marinera de que un capitán no debe sobrevivir a su nave, Lagnsdorf, dos días después, se voló los sesos en Buenos Aires. Sin embargo, más de veinte años después, quien era embajador británico en Uruguay al tiempo de los hechos, confesó haber sido el autor moral del hundimiento de esa nave emblemática de la flota nazi. Fue entonces que el misterio comenzó.

El Graf Spee había sido apodado El Tigre de los Mares, por Joseph Goebbels, quien lo consideraba el orgullo de la armada alemana: poseía la velocidad de un crucero y la potencia arrolladora de un acorazado. Podía atacar a naves de gran porte –causándole graves daños con el grueso calibre de sus cañones- y evitar el contraataque gracias a su velocidad de 32 nudos.

Fruto del ingenio alemán, el Graf Spee había sido pergeñado sin violar las imposiciones del Tratado de Versalles, que obligaba a Alemania no construir naves cuyo peso excediera a las diez toneladas. Fue el primer buque en contar con radar –muy primitivo, es cierto, si se lo compara con los que se fabricarían años después-.

Desde comienzos de la Segunda Guerra Mundial, el Graf Spee recorría los océanos sin tocar tierra; el petrolero Altmark le suministraba en plena navegación lo aprovisionaba de combustible y víveres. Hacía estragos entre las filas enemigas. A fines de 1939 ya había hundido nueve navíos británicos. A las seis de la mañana del 13 de diciembre de 1939, el Graf Spee avistó cerca del Río de La Plata a tres buques británicos: Ajax, Exeter y Achilles. Dejó fuera de combate a los dos primeros, pero recibió impactos del buque restante que lo obligaron a buscar refugio en Montevideo. No solo sufrió daños materiales: murieron 36 marineros.

La embajada alemana en Uruguay solicitó se permitiera al Graf Spee permanecer quince días en puerto. El embajador inglés –sir Millington Drake, descendiente del pirata Francis Drake-, invocó la Convención de La Haya, que solo concede asilo de 24 horas a las naves beligerantes. Así fue como la embarcación alemana fue intimada a zarpar de Montevideo antes de que transcurrieran 20 horas. Como el poder de fuego de la nave alemana era inmensamente superior a la de la nave británica sobreviviente, los ingleses hicieron correr el rumor de que a las inmediaciones de Montevideo había llegado el acorazado Rwnown, el portaaviones Ark Royal y algunos cruceros británicos.

Como un disparo del Ajax había destruido el único avión de que disponía el Graf Spee, los alemanes no tuvieron la posibilidad de realizar un vuelo de reconocimiento que les permitiera informarse sobre la verdadera dimensión de la flota enemiga. Horas antes de que expirara el plazo, el Graf Spee fue dinamitado y sus restos se hundieron en las aguas del estuario. El Tigre de los Mares se había suicidado.

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