Cultura

La increíble historia del anarquista vengador

Boris Wladimirovich, quien pertenecía a la nobleza rusa, en 1909 decidió dejar su fortuna a sus camaradas anarquistas europeos y se radicó en Argentina, donde protagonizó una venganza que algún día el cine debería contar.

El Hospicio de las Mercedes, popularmente conocido como “el Loquero de Vieytes”, y que luego se convertiría en el Borda, estaba cerca del centro, flanqueado de casas chatas, corralones, en un barrio de casas empedradas y próximo a las vías del ferrocarril. En el hospital hay unas celdas destinadas a presos que tienen que ser sometidos a tratamiento psiquiátrico. Allí cumple su condena de ocho años de prisión alguien que no está loco, que puede ambular tranquilamente por el pabellón de los pudientes, jugar al ajedrez y al dominó, y conversar con otros internos como si estuvieran en un café. Se llama Jorge Ernesto Pérez Millán y es el asesino de Kurt Wilckens.

Kurt Gustav Wilckens era un obrero alemán que, en enero de 1923, mató al teniente coronel Varela, ejecutor del fusilamiento de centenares de peones patagónicos en las huelgas rurales de 1921-22, durante el go­bierno de Yrigoyen, retratado por Osvaldo Bayer en su monumental investigación de cuatro tomos que, en su adaptación cinematográfica, fue conocida como La Patagonia rebelde. Después de su acción, Wilckens fue detenido, llevado a la cárcel y, allí, asesinado por Jorge Ernesto Pérez Millán –pariente de Varela–, que se hizo pasar por guardia penitenciario con aprobación de las autoridades y lo mató mientras dormía en su celda. Por influencia de su protector, Manuel Carlés, presidente de la Liga Patriótica Argentina, organización parapolicial que se dedicaba a trabajadores de origen extranjero, en lugar de ir a una cárcel común, Pérez Millán fue beneficiado con una celda de puertas abiertas en un hospital psiquiátrico.

Allí el reo no está feliz, porque tuvo que aceptar el calificativo de “perturbado mental” para eludir una condena a perpetuidad, y eso lo indigna. Cree que el asesinato de Wilckens fue un acto de justicia que prestó a la sociedad.

Entre los libertarios profundamente convencidos de la acción directa está el ruso Boris Wladimirovich, un médico nacido en el seno de una familia aristocrática rusa que dejó todo –fortuna y título de nobleza– para radicarse en Argentina y hacer la vida de un trabajador más. Por los robos cometidos para obtener fondos con el fin de montar una imprenta anarquista estuvo 25 años preso en el penal de Tierra del Fuego. Las golpizas recibidas en el penal lo han dejado semiparalítico. Desde que recibió la noticia del asesinato de Wilckens, solo tuvo un objetivo: vengarlo.

“Matar al tirano”

Boris Wladimirovich planea una estrategia en todos sus detalles. No habla con nadie, responde de manera extravagante a las preguntas que le hacen. Y, sobre todo, algo que alarma a los guardiacárceles: el anarquista se la pasa rezando.

Luego de un examen psiquiátrico, las autoridades del penal deciden trasladarlo al Hospicio de las Mercedes. De esa manera, termina en el mismo hospital en el que se encuentra Pérez Millán, pero están en distintos pabellones. El vengador no podrá llegar personalmente hasta el lugar donde está su víctima. Pero entre los enfermos pobres que hacen la limpieza del pabellón ocupado por los pudientes hay un yugoslavo, llamado Esteban Lucich, que en otra prisión fue un protegido de Wladimirovich, por quien guarda mucha gratitud. El ruso le participa al yugoslavo de su proyecto. Le explica paciente y detalladamente lo que debe hacer: esperar que Pérez Millán se encuentre solo en su celda y dispararle a quemarropa.

Faltaba un detalle: obtener el arma. Boris consigue que unos compañeros anarquistas, en su visita dominguera, le hagan pasar un revólver. Ese mismo domingo, Wladimirovich, aprovechando la algarabía de las visitas y el tránsito confuso de gente, disimuladamente entrega el arma a Lucich y le da las últimas instrucciones.

El día siguiente, lunes 9 de noviembre de 1925, será el día: “¡Esto te lo manda Wilckens!”.

Pérez Millán es herido en el costado izquierdo. Arrojándose al suelo elude el segundo disparo, salta so­bre Lucich, lo voltea y le quita el ar­ma. Llegan los guardias y llevan al herido a la enfermería. Lo operan, pero al día siguiente muere. La Policía esclareció los hechos, pero no pudo hacer nada.

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