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La primera vacuna de la historia

Un científico inglés, gracias a estar atento a la sabiduría popular, encontró la solución para combatir la viruela.

Edward Jenner nació el 14 de mayo de 1749 en la localidad inglesa de Berkeley. El hombre, destinado a convertirse en el primer investigador de fama mundial, era un apasionado de la poesía, leía todo lo que le permitía la atención de su consultorio de médico rural. Sus ojos expresaban el fuego de su conciencia y el desprecio de los vanos juicios de los hombres. Humilde y de una curiosidad omnívora, cambió para siempre la historia de la ciencia: descubrió la vacuna contra la viruela.

El razonamiento es simple. Como aquellos que contraían la enfermedad no eran nuevamente atacados, se llegó a la conclusión de que quedaban inmunizados. Por tal motivo, desde tiempos muy antiguos los pueblos orientales comenzaron a inocular el pus de los enfermos, lo cual les provocaba una viruela benigna, pero contagiosa. Cientos de años después, la Organización Mundial de la Salud dictaminó que una vacuna es cualquier preparación destinada a generar inmunidad contra una enfermedad, estimulando la producción de anticuerpos.

En 1761, Edward Jenner se mudó a Chipping Sodbury, cerca de la frontera con Gales, donde empezó su formación como cirujano y farmacéutico bajo las órdenes de Abraham Ludlow, el médico del condado. Allí escuchó por primera vez, en boca de Sarah Nelmes, una ordeñadora de vacas, la siguiente afirmación: “Yo nunca tendré la viruela porque he tenido la viruela bovina. Nunca tendré la cara marcada por la viruela”. Y sería por esta creencia popular que Jenner descubriría la vacuna contra esta enfermedad.

Con 21 años, empezó a trabajar en el hospital de San Jorge de Londres, donde fue discípulo del célebre anatomista John Hunter, considerado el padre de la Patología Quirúrgica. Primero fue su alumno estrella y con el tiempo uno de sus mejores amigos, formando un vínculo que perduraría hasta el fallecimiento de su mentor. Cuando regresó a ­Berkeley, la epidemia de viruela ya se había cobrado numerosas defunciones. Para intentar ponerle freno, y a pesar de la férrea oposición de otros médicos, Jenner implantó el método oriental de “variolización” que ­aprendió durante su estadía en el hospital San Jorge.

A su regreso de Londres, la esposa del embajador inglés en Estambul, Lady Wortley Montague, introdujo en su país tal innovadora práctica –que consistía en inocular a una persona sana con una dosis infectada–, aprovechando la terrible circunstancia de que una de las princesas había enfermado gravemente y faltaba poco para que se contagiara toda la familia real.

En ese contexto, Jenner, quien ya había observado a ordeñadores que se habían contagiado de las vacas y comprobado su resistencia a las epidemias, decidió inocular a un niño de ocho años llamado James Phillips, que no había padecido la enfermedad. Con una lanceta extrajo material de la pústula de Sarah Nelmes y, realizando dos incisiones superficiales, lo inyectó en la piel del niño.

Era la prueba definitiva para erradicar el horror de una sanguinaria epidemia. Los resultados le dieron la razón y el niño no contrajo la enfermedad. El primer día, James se quejó de molestias en las axilas, el segundo sentía escalofríos y falta de apetito. Pero al tercer día estaba curado.

En 1797, Jenner publicaría este procedimiento en el libro Investigación sobre las causas y los efectos de la viruela vacuna.

A pesar de que el experimento se llevó a cabo con otras 23 personas –incluyendo a su propio hijo–, obtuvo el mismo resultado exitoso, la Asociación Médica de Londres tardó muchísimo tiempo en aceptar su tratamiento, arguyendo que con el método de Jenner los pacientes podrían convertirse de forma gradual en ganado vacuno.

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