cultura
Un músico fundamental
César Isella le puso melodía a muchas de las canciones más emblemáticas de nuestro cancionero folclórico.
A los 5 años ya actuaba en un circo y cobraba por su trabajo de cantante. Su infancia salteña y la influencia de la “mama vieja”, que le contaba historias del norte argentino y cantaba coplas populares españolas transformadas en rituales de habaneras, fueron la simiente que encontró cauce para su creación. Integrante durante una década de Los Fronterizos, recorrió países próximos y lejanos con el único afán de cantar por cantar.
Musicalizador de Neruda, Guillén, Juan Carlos Dávalos, José Pedroni o Nicomedes Santa Cruz, Isella también buscó su camino como solista, para expresarse y dar fundamentos a un “nuevo cancionero”. Sin pretensiones comerciales, recorrió América y a partir de 1975 pasó a integrar esas listas negras de las que nadie se hizo responsable pero que coartaron e inhibieron la actuación del artista. Desde entonces dejó de ser difundido por los medios masivos. En el 80 fue a Europa a poder trabajar y hacer conocer a nuestro arte.
De su obra, prolífica y siempre eficaz, queda instalada en la memoria colectiva “Canción con todos”, compuesta en 1969 junto a Armando Tejada Gómez, con quien formó una dupla creativa que dio más temas perdurables para la canción argentina, como “Canción de las simples cosas”, “Canción de lejos”, “Fuego en Animaná”, “Triunfo agrario” y “Resurrección de la alegría”, entre algunas otras. En 1990 la Unesco declaró “Canción con todos” - que desde su creación ha sido traducida a más de treinta idiomas- “Himno de América Latina”. Es la obra por la que más se lo recordará y tal vez la que más lo representa. Como apunta Sergio Pujol en su libro Canciones argentinas, “cuando en la Cumbre Iberoamericana de Punta Arenas de 1995 fue entonada por un grupo de mandatarios de la región (al que se sumó Felipe González y el rey Juan Carlos de España) quedó de manifiesto cuán diferentes pueden ser las lecturas de una canción aparentemente clara en su significación. Allí, de cara al bello paisaje chileno, dos irreconciliables como Fidel Castro y Carlos Menem pusieron sus voces”.
Los temas de Cesar Isella, como “Canción de lejos”, “Padre del Carnaval”, “Fuego en Anymaná” o “Canción de la ternura” han prendido en el pueblo. Se cantan y recuerdan siempre. Y ese ha sido su mejor testimonio para quien ha luchado toda su vida por un ideal de música con legítima raíz folklórica. Desde que comenzó, hubo en Isella, y en todo su trabajo, un profundo sentimiento musical latinoamericano heredado de su familia. A propósito de ella, relató en un reportaje: “Mi familia es de una provincia, Salta, que corresponde a América Latina y le hemos dado la frente, a diferencia de lo que ocurre hasta hace poco en Buenos Aires, donde siempre se le dio la espalda. Se miraba de frente a Europa: se nota en su gente, en la edificación. Pero en el norte argentino, desde Santiago del Estero para arriba, siempre estuvimos muy enganchados con América Latina”.
Entre peñas, caminos de tierra y guitarras compartidas, Isella fue forjando una identidad musical arraigada en el paisaje y la memoria del norte argentino, cargada de ternura, compromiso y profundidad. “Me agarré un metejón con ellos”, contó alguna vez sobre su primer encuentro con Mercedes, Tejada Gómez y Matus. Esa fascinación fue el punto de partida de una nueva etapa. En 1968 lanzó Estoy de vuelta, su primer álbum solista, donde musicalizó versos de Hamlet Lima Quintana, Homero Manzi y otros grandes poetas. La identidad sonora de ese disco marcó el rumbo que seguiría toda su obra posterior: un canto íntimo, intenso, humanista. Guiado por el corazón.
