cultura
Cuando el teatro enfrentó a la dictadura
Teatro Abierto fue un movimiento de resistencia cultural que contó con apoyo popular y sobrevivió a los intentos de acallarlo.
El 24 de Marzo de 1976 se impuso en Argentina el gobierno de las Fuerzas Armadas en un golpe autodenominado Proceso de Reorganización Nacional. Entre otras cosas, se declaró Estado de Sitio en todo el país, se cerró el Congreso, se ilegalizaron a muchos partidos políticos, las universidades fueron intervenidas y las principales fábricas fueron allanadas y ocupadas por los militares , con miles de dirigentes políticos y sindicales fueron detenidos y desaparecidos. El objetivo era desmantelar las distintas conquistas sociales alcanzadas y particularmente frenar el avance del movimiento obrero, interrumpiendo el proceso de ascenso de la lucha de clases, que tuvo como puntapié inicial el llamado Cordobazo, en 1969.
El movimiento artístico de Teatro Abierto fue una consecuencia de la organización de los artistas frente a este gobierno de censura y desculturización. En este marco de hechos históricos que se iban a desarrollar durante este proceso, una serie de artistas destacados (entre ellos Osvaldo Dragún, Roberto Cossa, Jorge Rivera López, Luis Brandoni y Pepe Soriano) decidieron en 1980 impulsar un movimiento cuyo objetivo principal era demostrar la existencia y vitalidad del teatro argentino, negado al ser un fenómeno cultural eminentemente social y comunitario.
Más de 500 autores concursaron con seudónimo, 100 proyectos experimentales; más de 1500 directores y actores se anotaron, así como cerca de 500 colaboradores artísticos y técnicos. En 1982, resultaron elegidas 34 obras y seleccionados 14 proyectos. Fue sin duda uno de los más trascendentes acontecimientos teatrales encontró allí un cauce artístico único en el país.
La mayoría de aquellos proyectos inolvidables se erigieron como bastiones del teatro nacional. Pero, especialmente, trascendieron tres obras. La primera fue “El tío Loco” de Roberto Tito Cossa: enredado entre una calle Corrientes que lo atacó a traición y una familia que, sin esperarlo, espera todo de él cuando se le ocurre volver un buen día, el tío Loco (histriónico Ulises Dumont) regresa a su pasado para morir allí. Cossa organizó un cuadro familiar tan terrible en sus circunstancias como rico en su lectura. Deliró con un atado de criaturas en descomposición y soltó una historia que dejaba al espectador con ganas de más, acaso por ser demasiados los personajes y muy límite la vibrante situación mostrada. La primera obra que Roberto Cossa presentó en Teatro Abierto fue “El viejo criado”, una pieza que terminaría convirtiéndose en un clásico.
“Arrabal amargo”, tiene como autor al poeta Jorge Boccanera, quien unió a dos tipos bien argentinos en clima de callejón sin salida y los largó al ruedo. Uno era el tanguero victima de un farol y un fueye que eran incapaces de hallar, en esos días. El otro, un muchacho desgraciadamente actual que se asfixiaba y buscaba la respiración a costa de lo que sea, que creía que se si unía al malevo destemplado, podría fortalecer sus metas.
Mauricio Kartun presentó “La casita de mis viejos”. una obra en la que un hombre ha sido abandonado por su mujer y busca amparo en el escondite de siempre ¿Podría ese viaje doloroso y fantasmal a la casita de los padres, redituarle paz y limpiarle los miedos? Hay dudas: porque ocurre que las consecuencias de hablar con los muertos son siempre terribles y casi nunca brindan cicatrices. Kartun escribió una hermosa obra: además de ser rica en imaginación, creíble y certera en diálogos. Quizá una de las mayores obras de ese ciclo haya sido “El acompañamiento”, de Carlos Gorostiza, que también conocería una versión cinematográfica.
Apenas algunos ejemplos de esa experiencia única que fue Teatro Abierto, que llegó a ser uno de los poquísimos movimientos que se atrevió a criticar y denunciar el momento sociopolítico que estaba atravesando el teatro argentino, la cultura y el país en general. Y por esa razón dejó una huella que será imborrable.
