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Leonardo Favio entre el anarquista y el boxeador

Hacia fines de la década del ochenta, Leonardo Favio trabajó con Osvaldo Bayer en la película sobre uno de los héroes del anarquismo, pero terminó cambiándolo por uno del boxeo.

Durante veinte años Leonardo Favio dio vueltas en torno al libro de Osvaldo Bayer: Severino di Giovanni, el idealista de la violencia. Lo leía una y otra vez, imaginando cada escena, armando en su cabeza toda la película. Estaba enamorado del personaje: “Un viejo amor que me tiene perplejo”. Lo fascinaba la figura de ese italiano que organizaba asaltos para conseguir dinero para la edición de libros anarquistas y para mantener a familias pobres de presos políticos de ideología libertaria.

Rechazando los argumentos de quienes reducían al personaje a la violencia, Favio contestaba: “Sucede que si se inserta a Di Giovanni en su marco histórico se encuentra, sino un justificativo para su violencia, al menos una razón de ser. Analizando sus métodos, en el contexto de su época, se puede llegar a comprenderlos. Cualquier muchacho se puede enamorar de Severino, porque su idealismo tiene un tremendo poder de seducción. He elaborado escenas bellísimas, pero por ahora lo tengo en un costadito”.

Hubo muchísimas reuniones entre Bayer y Favio procurando terminar de dar forma a la película. Una madrugada, Favio lo llamó; Bayer lo atendió entredormido y lo único que entendió es que tenía que ir urgente a la casa del director de cine. Cuando llegó, Favio le abrió con gran vivacidad la puerta y le dijo exaltado: “Pasá, mirá lo que se me ocurrió”. Bayer se sentó en uno de los sillones del living y vio cómo Favio representaba la escena de Di Giovanni, la manera contenida en que recibía las balas, el doloroso rictus de la boca, el lento derrumbe del cuerpo. “Ya la tenemos, querido Osvaldo”, lo abrazó. Luego abrió una botella de vino para el brindis.

El asalto al cuartel de La Tablada, el 23 de enero de 1989, volvió espeso el clima político del país. Leonardo Favio juzgó imprudente hacer en esas circunstancias una película que exaltara la figura de alguien capaz de recurrir a la violencia para llevar adelante las ideas. Decidió dar un golpe de timón y enderezar sus proyectos hacia uno de los deportistas más emblemáticos de los años dorados del peronismo: José María Gatica. Dijo Favio por entonces: “Intento rescatar a un personaje cuya realidad desconoce el común de la gente. Amado por unos, mirado de soslayo por otros, casi todos hablan de su vida con una total ignorancia de la realidad”.

Le apasionaba la relación que ligaba a Gatica con el general Perón, la suerte pareja corrida por ambos, las correspondencias misteriosas: “Gatica era íntimo amigo de la familia de Perón. A tal punto que en los últimos momentos de la vida de Evita los únicos que tenían acceso a su lecho de muerte eran Ema y José María Gatica. Como anécdota: él amenazaba a Evita con dejar de entrenarse si ella no tomaba la leche que él mismo le hacía traer. O sea que la relación de Gatica con la familia Perón era mucho más intensa que las simples visitas del General al ring side para verlo pelear”.

Los abonados al ring side lo querían ver perder, pero las cuatro tribunas populares del viejo Luna Park sentían por Gatica un fervor pocas veces visto en el boxeo o en cualquier otro deporte. Como la historia la escriben los vencedores, la imagen de Gatica quedó asociada al fracaso deportivo; pero, en sus dos últimos años de boxeador había ganado todas sus peleas por knock out. En los años de la tétrica Revolución Libertadora, Gatica fue sancionado por su peronismo explícito.

Dijo Leonardo Favio: “A Gatica se le retira la licencia en el año 1956 por mal deportista, como escarmiento por haberle dedicado la pelea al general Perón después del fusilamiento del general Juan José Valle”.

Un final dramático de Gatica

El dramático final de este hombre que había conocido la gloria formaba parte del espíritu más profundo del cine de Favio. El director estudió meticulosamente todas las circunstancias que rodearon los últimos años de la vida de ese ídolo popular. Llegó a datos muy pocos conocidos: “Al morir ocupaba una casita que le había regalado el doctor Oscar Alende, quien además le había conseguido un puesto por el que cobraba un sueldito. Además tenía otro sueldo que le daba el cantor de tangos Alberto Morán por trabajar en su cantina El abrojito”. Como esos ingresos no alcanzaban para vivir decorosamente, tenía que complementarlos con la venta de muñequitos en las canchas. El 10 de noviembre de 1963, a la salida del Monumental, corrió para subir a un colectivo, pero debido a su renguera, tropezó y fue aplastado por las ruedas.

Leonardo Favio trabajó con la verdad histórica y con esa ternura que es la marca más personal de su cine. Con esa materia prima hizo una de las películas más logradas del cine nacional.

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