cultura
¿Qué es el surrealismo?
A partir de 1920 y durante varias décadas, esta escuela impregnó numerosas obras artísticas de todos los géneros, entre el genio y el delirio.
Hacia mediados de la década de 1920 nació el surrealismo. El término fue acuñado por Guillaume Apollinaire. A partir de su pronunciación, irrumpió una nueva escuela literaria: nunca el pensamiento social se fraccionó en tantas y tan fugaces fórmulas. Nunca experimentó un gusto tan frenético y una tal necesidad por estereotiparse en recetas y clisés, como si tuviera miedo de su libertad o como si no pudiese producirse en su unidad orgánica. Anarquía y desagregación semejantes no se vio sino entre los filósofos y poetas de la decadencia, en el ocaso de la civilización greco-latina.
Disfrutar en toda ocasión y por todos los poros fue el centro de sus obsesiones. Pero el ascetismo no coincidió con la verdadera magia, incluso la más sucia, incluso la más negra. “Hasta el gozador diabólico tiene aspectos ascéticos, un cierto espíritu de mortificación”, escribió Antoni Artaud, uno de los nombres con más genio de esa camada.
Si bien el surrealismo se nutrió de las teorías de Sigmund Freud –en especial su descubrimiento del inconsciente y la interpretación de los sueños-, el maestro vienés se mostró desconcertado por la manera de utilizarse sus ideas.
Entre 1928 y 1932, la mesa chica del surrealismo francés mantuvo una serie de reuniones sobre el tema de la sexualidad. En 1990, Gallimard publicó la totalidad de los diálogos bajo el título de Recherches sur la sexualité, libro que hoy es virtualmente inhallable en español. Allí Artaud disertó sobre las satisfacciones del amor: “Son siempre de una especie bastante lejana y no implican ningún tipo de certeza. Creo con obstinación en las satisfacciones de un orden intelectual opuesto a ese otro orden, al que es superior, ya que implica una idea de posesión más cercana y más firme. Hay en el amor una idea de sumisión y de despersonalización que me es insoportable; y creo que, solo y frente a mí mismo, soy capaz de maravillarme como en un estado equivalente al amor”.
Por su parte, André Breton sostenía que si se pusiera al amor por sobre todo, sería porque el estado de cosas llegó a su punto más desesperante. “Todo lo que espero en ese terreno, es mi despersonalización. En cuanto a mi sumisión, está tan mezclada con la dominación, que no vale la pena aclararlo. Siento, por fin, la sensación de no ser más libre por nada”, aseguraba el poeta francés.
El surrealismo para ellos no representaba sino el estado y la conducta propios del animal humano. Por eso les era dado proclamarse surrealistas con la misma esencialidad con que cualquiera se reconoce hombre; manera de ser ineludiblemente inmediata y primera, y no contaminación cultural al modo de todo ismo. En ese sentido, el escritor argentino Julio Cortázar sostenía que el ahondamiento surrealista pone más el acento en el individuo que en sus productos, avisado ya de que todo producto tiende a nacer con insuficiencias, reemplaza y consuela con la tristeza del sucedáneo. Vivir importa más que escribir, salvo que el escribir sea —como tan pocas veces— un vivir.
“Se trata de una verdadera ruptura del centro espiritual del mundo, de un desacuerdo de las apariencias, de una transfiguración de lo posible que el surrealismo debía contribuir a provocar”, explicaba Artaud. Toda materia comienza por un desarreglo espiritual. Confiar en las cosas, en sus transformaciones, en el cuidado al conducirnos es un punto de vista de torpe obsceno, de aprovechador de la realidad. Nadie ha comprendido nada nunca y los surrealistas no comprenden y no pueden prever adónde los llevará su voluntad de Revolución. Incapaces de imaginar, de representarse una Revolución que no evolucione dentro de los desesperantes marcos de la materia, se resguardan en la fatalidad, en cierto azar de debilidad y de impotencia que les es propio, del trabajo de explicar su inercia, su eterna esterilidad.
