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Los escándalos de un presidente norteamericano

Warren H. Harding es conocido por haber guiado a su país de la Primera Guerra Mundial a una etapa de reconstrucción nacional, pero hay muchos aspectos ocultos de su vida.

Warren Gamaliel Harding fue el presidente número veintinueve en la historia de los Estados Unidos. Proveniente de una humilde familia de granjeros, fue el mayor de los ocho hermanos del matrimonio de George Tyron Harding y Elizabeth Dickerson. Tras asistir a la escuela rural y atender los trabajos cotidianos de la granja, se radicó en Ohio, donde se graduó en 1882, y comenzó a trabajar en el periódico Democratic Mirror. Además de convertirse en uno de los políticos republicanos más recordados del país, pasaría a la historia por ser un romántico empedernido.

Cuando falleció repentinamente en 1923, Harding era uno de los presidentes más queridos por los estadounidenses. En los cinco años siguientes, sin embargo, cuando se difundieron los sórdidos entretelones de su gobierno, pasó a ser el presidente más impugnado y criticado, aunque después sería desplazado de ese puesto por Richard Nixon. Ocho presidentes de Estados Unidos han muerto en el ejercicio de su cargo; algunos a manos de asesinos —como Abraham Lincoln y John F. Kennedy— y otros por enfermedad, como Franklin Roosevelt. La muerte de Harding, aunque no tuvo autopsia, quedó atribuida oficialmente a una intoxicación alimenticia, pero una teoría muy difundida fue que había sido envenenado por su propia mujer, Florence Harding, como punto final de una historia de adulterio.

Durante los años previos, Harding tuvo una amante llamada Nan Britton y con ella fue padre de una hija. Cuando él murió, Nan Britton publicó una autobiografía, bajo el título The President´s Daughter, que debió editar previamente. La aventura comenzó cuando la mujer tenía 20 años y continuó en la Casa Blanca, donde hacía el amor con el presidente —quien era 31 años mayor— dentro de un placard. El libro vendió, en un puñado de meses, más de 100.000 ejemplares. Allí, la presunta amante describió que se enamoró perdidamente de Harding en Ohio, cuando el político republicano se postulaba al Senado. Sin embargo, nunca hubo pruebas de que su hija era de Harding. Las relaciones extramatrimoniales comprobadas fueron muchas, y su descendencia quedó dispersa en numerosos estados de la Unión. Los reconocimientos de filiación se siguieron ventilando hasta el año 2015, en la que un nieto de Harding, James Blaesing logró que su parentesco fuera establecido judicialmente. Harding catapultó su campaña electoral reafirmando la lealtad a su partido y promoviendo la idea de una “asociación de naciones”. Lo cierto es que, cuando asumió la presidencia, rápidamente se sintió abrumado por sus responsabilidades y delegó muchas de ellas a los miembros de su gabinete. Esa debilidad fue crucial para expandir la corrupción política dentro de su gobierno. En ese contexto, el suicidio fue la otra explicación para su repentina muerte. La tolerancia de Harding con sus amigos llevó a que proliferara el fraude administrativo hasta un grado desconocido en la época.

Cuenta el periodista uruguayo Homero Alsina Thevenet que al padre de Harding se le atribuye la frase: “Si tu fueras mujer, Warren, estarías siempre embarazada; no sabes decir que no”. De los múltiples escándalos administrativos, el más famoso explotó cuando el presidente ya había muerto. Una investigación del Senado llevó a descubrir que Albert B. Fall, el Secretario de Interior del gobierno de Harding, cedió el usufructo de reservas petroleras nacionales (pertenecientes a la Marina) a los magnates Henry F. Sinclair y Edward L. Doheny, entre otros. A cambio de la transacción, recibió por lo menos 400.000 dólares.

En total, la investigación del Senado llevó cinco años y desentrañó una intriga inédita de la Casa Blanca. El episodio fue conocido como “The Teapot Dome Scandal”, el nombre de una de las petroleras en Wyoming. La justicia terminó por llevar a la cárcel a Albert B. Fall, generando inevitables juegos de palabras (pues su apellido en inglés significa caída). La Marina, por su parte, se había reservado el derecho sobre el petróleo para evitar que cayera en manos extranjeras. Pero en 1931 se publicó la información de que una parte de ese petróleo había sido vendida al gobierno japonés y que probablemente fue utilizada más tarde para atacar Pearl Harbor.

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