CULTURA
Octavio Paz y Elena Garro, una historia de amor e infidelidades
El matrimonio duró más de dos décadas, pero signado por numerosas relaciones extramatrimoniales que hasta fueron contadas en obras de otros autores.
Octavio Paz y Elena Garro se casaron el 24 de mayo de 1937, tuvieron una hija –Helena– en 1939 y se divorciaron en 1959. Esa sería, sucintamente, su hoja de ruta matrimonial; pero lo que pasó en esas casi dos décadas de convivencia dieron para muchos libros, propios y ajenos.
Dos escritores argentinos, José Bianco y Adolfo Bioy Casares., que conocieron a la pareja en París, en los años cuarenta, los incluyeron en algunos de sus textos. José Bianco era editor de la mítica revista Sur –dirigida por Victoria Ocampo-, y desde 1947 hasta 1974 tuvo una frondosa correspondencia con Elena Garro. Bianco estaba tan fascinada con ella, que la incluyó como personaje de su novela La pérdida del reino. Y no sólo eso: interpoló en su libro algunas de las cartas que Elena le había mandado; si bien les quitó precisiones y nombres propios, mantuvo lo sustancial de esa correspondencia en la que ella hablaba del tedio de tener un marido embajador inevitablemente enredado en la maraña burocrática. “Nada cambia en mi vida, excepto la niña, que crece”, le escribió Elena Garro a José Bianco en 1947.
Pero dos años después, ocurriría algo que trastrocaría esa rutina hasta el último tornillo: Adolfo Bioy Casares y su esposa, Silvina Ocampo, viajaron a París. Elena tenía 33 años; Bioy, 35. Se sintieron atraídos de inmediato. Cuando ella la llevó a pasear en su auto por París, cuando pararon frente a un semáforo, él le tomó la cara con las dos manos y le dio un beso que ella, tal como lo reconocería en una de sus cartas, no olvidaría en su vida. El 25 de julio de 1949, Bioy volvió a Buenos Aires y así comenzó una larga saga de cartas de amor , que llegaba a extremos como la promesa que ella le hizo en una carta de 1951: “Yo te daré un hijo”, o la propuesta de él: “Vayámonos a vivir juntos a Montevideo”. Efectivamente, ella quedó embarazada de Bioy, y ambos amantes acordaron ir a vivir a Montevideo. Pero Octavio Paz se impuso: “Ese hijo es legalmente mío. Y si te vas con Bioy no vuelves a ver a Helena”. La propia Helena Paz contó este episodio, en un texto en el que reconstruyó la relación de sus padres.
Ese fue el fin de la relación de Elena Garro y Adolfo Bioy Casares, cuyo certificado de defunción se extendió el 9 de agosto de 1951, día en que se vieron por última vez en París. Aunque la relación epistolar se mantuvo hasta 1972.
A todo esto, Octavio Paz –quien sería Premio Nobel en 1990- no era un ser contemplativo que mirara indiferentemente las pasiones de su mujer. Su vida de entonces era un incesante desfile de amantes, pero que así como llegaban se iban de su existencia sin dejar huellas. Hasta que en una misión en la India, en 1962, conoció a quien sería su segunda esposa, Marie José Tramini. Elena Garro, por su parte, nunca volvió a casarse. Por razones políticas vivió fuera de México desde 1971 hasta 1993. Sobre ella se cernió lo que su biógrafa, Lucía Melgar, llamó una “leyenda negra”, por haber ofendido con sus ideas a la elite política e intelectual de México.
La obra literaria de Elena Garro no es muy conocida más allá de las fronteras de México. “¡Ah, la que fue mujer de Paz!”, es una frase que parece formar parte de su identidad Las argentinas Silvina Ocampo y Griselda Gambaro hicieron mucho para que los textos de esta mexicana fueran conocidos en nuestro país. En sus diez novelas nos hace caminar por un terreno movedizo, un mundo secreto del que solo ella tenía la llave.
Ella murió apenas unos meses después de que falleciera Octavio Paz, el hombre contra el que vivió, contra el que tuvo amantes, contra el que escribió. Hasta el final mantuvieron una relación conflictiva. Él se había apartado no sólo de Elena, sino también de su hija. En una carta fechada en París el 24 de octubre de 1982, Elena Garro le dice a Octavio Paz: “Sólo te he escrito una vez para darte el pésame por la muerte de tu madre y ahora para recordarte que Helena es tu hija”. Dicen que él le había prohibido escribir poesía, porque su ego mastodóntico no admitía competencia. Temía perder en la comparación. Que los lectores la eligieran a ellas. Le fueran infieles. Sentimiento que conocía muy bien.
