cultura

El exiliado que nunca se fue de su tierra

Osvaldo Bayer reveló capítulos sangrientos de nuestra historia que el poder quiso mantener oculto, lo que le costó persecuciones y destierro.

Durante los años que pasaron en el exilio por la última dictadura, desde Alemania, Osvaldo Bayer compartió la angustia, la incertidumbre, la falta de noticias, los problemas de residencia, la dificultad para arreglárselas en los primeros tiempos. Por entonces, publicó en la revista Humor un ensayo brillante a propósito de esa condición intransferible: la del exiliado.

Bayer sostenía que los exiliados son aquellos que de alguna manera- directa o solapada- mediante el terrorismo estatal fueron obligados a irse o tuvieron que abandonar su país por el peligro de ser asesinados. Exiliados son aquellos que al llegar al exterior mostraron su voluntad de regresar al país de origen ayudando desde afuera al derrocamiento del régimen dictatorial mediante su labor organizativa, de solidaridad, literaria, etc. El emigrado económico, en cambio, no es un exiliado (aunque su emigración tiene, en el fondo, un origen político ya que es la consecuencia de una política económica que destruyó fuentes de trabajo).

Existen emigrados económicos que pasan a ser exiliados políticos al comenzar una labor activa de oposición en el exterior contra el régimen causante de su emigración y exiliados políticos que pasan a ser emigrados cuando resuelven integrarse para siempre a la sociedad que los acogió, alejarse del movimiento de lucha por el regreso, y resignar rompiendo sus lazos políticos, y hasta de comunicación con sus compañeros de exilio y con el país de origen.

En ese sentido, las sociedades argentinas en el exterior estaban tajantemente divididas por su origen emigratorio. Una, absolutamente mayoritaria, era la que vivía en el exterior por razones de mejor vivir y que formaba- en muchas ciudades- especies de asociaciones de residentes argentinos para el mantenimiento de relaciones sociales que servían para posibles vinculaciones comerciales o de trabajo. Estas asociaciones mantenían estrecho contacto con la embajada o el consulado, festejaban el 25 de mayo con empanadas, escuchando el último disco de Piazzolla o aprendiendo a bailar tango. Allí había profesionales, comerciantes, militares de alguna comisión de compra de armas, dueños de churrasquerías, anclados indefinidos que vendían cualquier cosa. En las reuniones periódicas, aseguraba Bayer, se pasaban películas enviadas por la embajada sobre “Maravillas de Bariloche” o “Los pingüinos de la Península Valdés”, o se escuchaba al agregado cultural de la embajada hablar sobre peligros del terrorismo.

El autor de “Los vengadores de la Patagonia” supo poner el foco sobre el exiliado verdadero. Narró que durante su destierro participó de círculos de exiliados en Alemania, Bélgica, Holanda, España y México, entre otros. Por empezar, los universitarios representaban una ínfima parte del exilio. En cambio, los obreros estaban altamente representados (en Alemania superaban el 50 por ciento de los llegados directamente de las cárceles por derecho de opción). La gran mayoría de los exiliados argentinos no había llegado con pasaje pago ni por mamá o papá ni por alguna universidad. Sobre las formas de salida del país en aquellos años había ricas fuentes testimoniales que hacían palidecer el riesgo que tuvieron que sufrir en otros países. Los antinazis, por ejemplo, tenían fronteras amigas: Austria, Checoslovaquia, Suiza, Francia, Holanda. Los argentinos tenían solo dictaduras militares: Chile, Bolivia, Paraguay, Brasil, Uruguay. El pasaje de los exiliados argentinos lo pagó el magro bolsillo o la solidaridad de amigos y desconocidos, o de organizaciones internacionales de refugiados.

Por entonces, su íntimo amigo y escritor, Osvaldo Soriano, le escribió una carta advirtiéndole: “No dejes de escribir por nada del mundo, acordate que es todo lo que podemos hacer en este momento, dejar papeles entintados sobre ciertas cosas que sentimos o vemos. Yo no creo que un escritor sea muy importante en estos tiempos, pero tampoco hay que restarle el valor que puede tener cualquier testimonio para el futuro”. A 7 años de su muerte y a casi cien de su nacimiento, uno no puede sino extrañar los análisis punzantes que Osvaldo Bayer, sin duda, hubiera dedicado a esta época.

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