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José María Gatica, el boxeador del peronismo

De 96 peleas ganó 86. Fue inmensamente popular y tuvo una estrecha relación con Juan Domingo Perón. El final resultó solitario y en la miseria.

Nació en Villa Mercedes, provincia de San Luis, y a los siete años arribó a Buenos Aires en un tren de carga, con su madre y su hermano mayor. Desde entonces, peleó por ganarse un lugar en Plaza Constitución como lustrador de zapatos. Tuvo que defender a golpes ese trabajo ante competidores tan desesperados y hambrientos como él. Un peluquero albanés que vivía enfrente de la plaza lo vio pelear varias veces y quedó impresionado por su agresividad. Era Lázaro Koczi, quien tenía vínculos con el boxeo y pronto le propuso cambiar de profesión.

Koczi llevó a Gatica a The Sailor’s Home, la casa de la misión inglesa para marineros. Allí paraban los hombres que habían perdido sus barcos en el extravío de la borrachera. Todo se resolvía a los puñetazos. El experimentado peluquero le mostró a su compañero un billete de 20 pesos y le señaló el ring. El lustrabotas subió. Se sabe que ganó muchísimas peleas, que tumbó a corpulentos marineros y luego abandonó su parada de Constitución. Aquel joven de nariz aplastada, sonrisa pendenciera y ojos pardos comprendió por primera vez que su vida podía ser algo diferente.

El 7 de diciembre de 1945 subió por primera vez a un ring como profesional. El escenario fue el mítico Luna Park. Esa noche triunfó por nocaut en la primera vuelta frente a Leopoldo Mayorano. En pocos meses ganó varias peleas más y los empresarios pusieron sus ojos en él. Al año siguiente, ganó las siete peleas que disputó. La más importante, el 31 de agosto de 1946, cuando enfrentó a Alfredo Prada y lo venció por puntos. Un duelo que ya venía del campo amateur con un triunfo por lado. Con el tiempo, se convertiría en su rival más encarnizado.

El público boxístico rápidamente se dividió: el ringside abucheaba a Gatica, quería verlo derrotado; la popular rugía alentándolo. Los apodos de la tribuna eran diversos, según de dónde viniesen. Pero la prensa optó por “El Mono” y así lo recordarían todos. Por entonces, Juan Domingo Perón junto a su esposa Eva Duarte solían asistir al ringside, pero, a diferencia de los aficionados que mostraban su desagrado ante cada golpe lanzado por el morocho, este se había ganado una profunda simpatía. Abiertamente declarado peronista, Gatica tuvo el privilegio de que ambos aceptaran ser los padrinos de su primera hija, María Eva Gatica.

En 1993 se estrenó la película que le dedicó Leonardo Favio, protagonizada por Edgardo Nieva. Premiada en diversos festivales, narra la historia de un boxeador devenido en símbolo: la encarnación del peronismo cifrada en un código profundamente humano. Un hombre que, al igual que ocurrió con Perón, despertó amores y odios que desafían al olvido.

Un amargo final

Curiosamente, su esplendor y ocaso desplegó la misma parábola del peronismo en el poder: levantó sus brazos en 1945 y los bajó en 1955. Aficionado al boxeo, el General Perón apoyó el viaje de Gatica a Estados Unidos en búsqueda de la pelea con el campeón de los pesos livianos. Vencería con comodidad a Terence Young y esta victoria le abrió las puertas a una de sus peleas más recordadas: con Ike Williams, dueño de la corona mundial.

Aquella noche, todo el país estuvo pendiente de la suerte del Mono, quien iba a batirse en el Madison Square Garden de Nueva York. Cuando empezó el combate, el argentino bajó las manos y puso la cara, como años después haría Nicolino Locche. Sin embargo, bastaron unos cuantos guantazos de Williams para que a los dos minutos de comenzada la pelea el Mono se derrumbase. Desde entonces, perdió los favores oficiales y los fotógrafos dejaron de acompañarlo.

Cuando triunfó la mal llamada “Revolución Libertadora”, le retiraron la licencia para boxear, quitándole toda fuente de ingresos. Terminó viviendo en una villa en Avellaneda. El 12 de noviembre de 1963 murió atropellado por un colectivo de la línea 295 al salir de un partido de Independiente-River, adonde había ido a vender muñequitos de colores. Pocos le perdonaron ser un analfabeto que alcanzó la gloria. A partir del 24 de marzo de 2013, sus restos yacen en su ciudad natal, en un monumento erigido en su nombre.

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