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La nieta de Napoleón

Marie Bonaparte heredó de su abuelo un carácter avasallador que la llevó a ser la primera mujer psicoanalista y a coleccionar amantes y títulos de nobleza.

Sobrina nieta de Napoleón l, emperador de Francia, y tía política del príncipe Felipe de Edimburgo, no pasó desapercibida en la historia del siglo XX. Según algunos fue una pionera de la sexualidad femenina; otros solo la vieron como una mujer rica, con conexiones influyentes: el padre de Marie era un burgués común y corriente, casado con la heredera del casino de Montecarlo. Esos dineros le permitieron aspirar a lo más alto para su hija: algunas de las casas reales europeas. Marie perdió a la madre al mes de nacer. El padre la puso a cargo de institutrices y se retiró a la otra punta de mansión, pero dejaba a la niña curiosear el gabinete donde él daba rienda suelta a su afición: la etnografía y la biología.

Una de esas tardes en el gabinete, Marie le confesó a su padre que quería estudiar medicina. El padre le contestó que su destino era el altar, no el aula. Ella se casó, le dio a su padre un título de nobleza y dos hijos a la corona griega, y a continuación se entregó en vano a diferentes amantes. Ante todo, era una princesa interesada en el orgasmo femenino y fue una apasionada del psicoanálisis, convirtiéndose en alumna y hasta salvadora de Sigmund Freud.

El gran psicoanalista austríaco fue su amigo, confesor y consejero. Freud confiaba en ella, le dio la bendición para que lo representara (y lo tradujera) en Francia, se puso en sus manos para que lo sacara de Austria, pidió que sus cenizas se guardaran en una urna griega que le había regalado la princesa. Ella estaba intensamente enamorada de él, como lo revela la correspondencia que mantuvieron, y los suntuosos regalos que ella le enviaba, que iban desde jarrones griegos a pañuelos de seda. Por eso es doblemente significativo que estuviera refiriéndose a Marie Bonaparte cuando escribió años después su famosa frase: “La gran pregunta que nunca recibe respuesta y yo no estoy capacitado para responder, después de treinta años de estudios sobre el alma femenina, es qué desea una mujer”.

Antes de cumplir los 20 años y en pleno despertar sexual, Marie Bonaparte había tenido un amorío con uno de los asistentes de su padre que estaba casado. Todo terminó con un escándalo, chantaje y humillación para Marie. Al poco tiempo, su padre le presentó su candidato favorito para el matrimonio, el príncipe Jorge, de Grecia y Dinamarca (1869-1957), quien era 13 años mayor que Marie. Aunque su matrimonio duraría cincuenta años, Marie se dio cuenta rápidamente de que el verdadero vínculo emocional de su esposo era con su tío, Valdemar.

En 1924 publicó el trabajo "Notas sobre las causas anatómicas de la frigidez en las mujeres" bajo el seudónimo A. E. Narjani. "Ella estaba frustrada por el hecho de que nunca tuvo un orgasmo durante la relación sexual", es decir, por penetración, explicó alguna vez Kim Wallen, profesor de neuroendocrinología conductual de la Universidad Emory, Georgia (EE.UU.)

Marie no llegó a enterarse del status de pionera que le adjudicaría la sexología poco después de su muerte: Kinsey primero y Masters & Johnson después reivindicaron los estudios de Marie Bonaparte, en especial la importancia del clítoris en el orgasmo de las mujeres. También el descubrimiento del Punto G se lo debemos a la princesa: Ernst Grafenberg (el Señor G del Punto G) siguió sus textos en busca de zonas erógenas en la pared frontal de la vagina. Lo que sigue siendo más sorprendente es que incluso aquel excéntrico trabajo de campo con doscientos cuarenta y tres mujeres ,resultó asombrosamente preciso: los cirujanos plásticos de la actualidad que se especializan en reconstrucción vaginal fijan en exactamente dos centímetros y medio “la distancia armoniosa que debe haber entre el clítoris y la vagina”. Incluso esa leve versión de la volupté –la de tener razón– le fue negada en vida a la princesa Marie Bonaparte.

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