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Las dos visitas de Bobby Fischer a la ciudad de La Plata

El gran maestro de ajedrez estuvo en 1970, dos años antes de consagrarse campeón mundial, y volvió en 1996, con una presentación deslucida y prácticamente sin público.

Abelardo Castillo dijo que el verdadero jugador de ajedrez es tan existencialmente ajedrecista como Beethoven era existencialmente músico o como un gran escritor lo es en relación a la literatura. Ese fue el caso de Bobby Fischer, quien el 7 de enero de 1958 hizo algo que roza lo imposible: ganar el campeonato de los Estados Unidos a los 14 años.

Robert James Fischer, más conocido como Bobby Fischer, fue para muchos el mejor jugador de ajedrez de todos los tiempos. Nació el 9 de marzo de 1943 en Chicago, “la ciudad del viento”.

Bobby rápidamente sintió que su vida completaba su sentido sobre un tablero. El día después de consagrarse campeón nacional, tras una ceremonia que se extendió hasta pasada la medianoche, tuvo que asistir al colegio normalmente, aunque sus profesores habían hecho un pacto con él: “Sabemos que estás siempre pensando en partidas y no nos atiendes, pero al menos no pongas el tablero de bolsillo encima del pupitre”.

El colegio le dejó pocos buenos recuerdos. Sus compañeros nunca lograron entender a aquel jovencito que se pasaba el día leyendo, estudiando jugadas y que podía memorizar cientos de partidas y analizarlas a ciegas.

En 1972, Fischer se convirtió en el retador del campeón Boris Spassky, en el famoso duelo de Reikiavik (Islandia), símbolo de la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Fue primera plana durante meses en todos los diarios del mundo.

Fischer ganó y se transformó en uno de los grandes héroes nacionales de su país, tras haber doblegado a los soviéticos en un terreno que estos consideraban el escaparate de la pretendida superioridad intelectual del comunismo sobre el capitalismo.

No obstante, la caída de Fischer fue tan estrepitosa como su ascenso a la fama. Abelardo Castillo –quien además de escritor era un avezado ajedrecista– recuerda que, “contrariamente a la mayoría, cuando estaban por jugar Spassky y Fischer en 1972, era hincha del soviético, admiraba sus conocimientos de apertura, su concepción estratégica y sus magníficos ataques; es decir, para mí, abarcaba un registro más amplio que Bobby. En esa época les hicieron un reportaje a ambos. Spassky sostuvo que el ajedrez para él era como la vida; en cambio, Fischer dijo: Es la vida misma. Esta frase, que encierra una obsesión paranoica, me hizo volcarme para su lado”.

Con la hazaña que lo consagró campeón mundial, obtuvo una bolsa de premios de cinco millones de dólares y una exposición mundial inmediata. Fischer desapareció de la vida pública durante 20 años y se adentró en los oscuros callejones del extravío mental. Le dio la espalda a su pasión y eligió un camino que lo llevaría a ser “el hombre que murió dos veces”.

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El gran maestro tuvo la oportunidad de visitar la ciudad de La Plata en dos ocasiones. La primera fue en 1970 –dos años antes de que fuera campeón mundial–, en la que luego de una conferencia jugó una sesión de partidas simultáneas contra varios maestros de ajedrez en la sede del club Estudiantes de La Plata, en una sala repleta de público y cámaras de televisión. Aún se recuerda a Carlos García Palermo y Jorge Barros, los únicos platenses que pudieron arrebatarle una partida.

No volvería a la ciudad hasta 1996, cuando visitó la Casa de Gobierno acompañado por el entonces mandatario provincial Eduardo Duhalde, en el marco de la presentación del Fischer Random, una variante del ajedrez tradicional que permite comenzar la partida con configuraciones sumamente diferentes, que tuvo lugar en el Pasaje Dardo Rocha. Los pocos asistentes a ese encuentro dicen que se lo veía cansado y poco tolerante a las cámaras.

Murió en Islandia, nación donde se jugó la histórica partida, y que le terminó acordando la ciudadanía. El gobierno de su país se había vuelto contra él por jugar una partida en Yugoslavia, que estaba bloqueada por los Estados Unidos. Su muerte pasó inadvertida. Tenía 64 años. El brillante ajedrecista ruso Garry Kasparov lo recordó con estas palabras: “El ascenso de Fischer en el mundo del ajedrez fue revolucionario para este juego. En el ­ajedrez, la única calidad que cuenta es la diferencia entre un jugador y el resto. Entre ­Fischer y el resto, esa diferencia fue quizá la más amplia en la historia”.

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