Edgardo Kawior, entre la realidad y la fantasía

El psicoanalista y director de teatro acaba de publicar su primera novela, en la que describe las relaciones familiares en un relato atravesado por el drama y el humor.

Edgardo Kawior, al igual que Gabriel Rolón, con quien ha trabajado mucho, pone arri­ba del escenario dos de sus pasiones: el psicoanálisis y el teatro.

Pero ha incursionado también en la literatura, con una reciente novela que bucea en sus relaciones con sus padres, mezclando la realidad con la fantasía. El libro, distribuido por Malisia, puede descargarse gratis en formato ebook a través de la cuenta de Instagram del autor, @edgardo_kawior.

—¿De qué trata La madre jodida?
—La madre jodida es un juego de palabras, un chiste que a través de mi análisis, y de mi experiencia en el taller literario de Daniel Guebel, se transformó en libro. La madre jodida trata de la vida, los asuntos no resueltos, el amor, la familia, el psicoanálisis, el judaísmo y la posibilidad de que cada lector se lea en una historia contada con humor y emotividad.

—La relación con la madre es un tema nodal del psicoanálisis. El libro, de alguna manera, puede verse como una cristalización de esas dos pasiones tuyas: la literatura y el psicoanálisis.
—Así es. En algún lugar del texto digo que “el obsesivo llega –a análisis– hablando de su madre y entra –en análisis– cuando se da cuenta de que está hablando del padre”. Me apasiona la escritura, y me atrae el psicoanálisis. Intento dejar un poco de lado la pasión en mi práctica clínica, y cuando puedo, en mi análisis personal. Hay algo en lo que el análisis y la literatura se parecen. Quizás son dos artes que intentan transformar algo en otra cosa.

—Comenzaste de grande tus estudios de Psicología. ¿Qué te llevó a volcarte a esa área?
—Desde muy chico me dediqué a los medios audiovisuales y a las expresiones artísticas. Fui camarógrafo, editor de video, realizador de televisión, coordinador de posproducción, hice castings, trabajé como ayudante y asistente de producción y de dirección en publicidad, y hasta llegué a dirigir una serie (Guita fácil, hoy disponible en la plataforma Contar). Alguna vez pensé que si encaraba una carrera universitaria, podría ser Psicología. Pero la vida me llevó por otros caminos alejados del mundo ­universitario.

—¿Qué te dejó la experiencia de trabajar junto a Gabriel Rolón?
—Muchísimas cosas. En primer lugar, recuerdos de experiencias compartidas en cada rincón del país. De hecho, mientras respondo a tu pregunta no puedo evitar recordar nuestros viajes a La Plata. Las presentaciones en el teatro La Nonna al comienzo, y las que tuvieron lugar en el Coliseo Podestá más tarde. Hacer teatro es un viaje fascinante. Sobre todo cuando se trabaja con amigos y se piensa un espectáculo desde cero. Es lo más parecido a tener un hijo. Desearlo, parirlo, verlo crecer. Junto a Rolón y a Charlie Nieto trabajamos muchos años, primero en Entrevista abierta, y más tarde en Historias de diván, la obra que, con la producción de Martín Izquierdo y Fen López, recorrió todo el país.

—¿Cuáles son los tres libros que elegirías como decisivos en tu formación y por qué?
—No sé si hay un ranking tan acotado de libros decisivos en mi formación. Podría decirte que los primeros tres que vienen a mi memoria son Una temporada con Lacan, de Pierre Rey, Realidad y juego, de Winnicott, y el volumen 9 de las Obras completas de Sigmund Freud, especialmente por un texto que se llama El creador literario y el fantaseo. Pero son muchísimos los libros que me fueron acompañando, y lo seguirán haciendo, porque la formación es un proceso en permanente construcción.

—Das “talleres para escribir”, ¿qué es lo que aporta un taller ­literario?
—Hay muchos tipos de talleres. Yo solo conozco tres: los que dan Daniel Guebel y Marianne Costa Picazo, que recomiendo muchísimo tanto uno como el otro, y los que comencé a dar yo el año pasado. La escritura contribuye al darse cuenta de ciertas cosas. Contar una historia es un acto de libertad, y en los talleres ocurren cosas que parecen mentira, y nos llevan a encontrarnos con ciertas verdades de nuestra historia personal.

El “Taller para Escribir”, así es como lo hemos dado en llamar, aporta la posibilidad del encuentro con los otros, escuchar y escucharnos leer en voz alta, recibir ­devoluciones de los compañeros, hacernos preguntas, ensayar ­respuestas, generar material de trabajo para una especie de análisis o terapia, descubrir autores desconocidos, compartir nuestros gustos literarios, hacer lazos, ­escribir colectivamente. Escribir es mucho más que sentarse frente al teclado y llenar hojas y hojas con cierto orden y belleza. Escribir es un modo de reelaborar, y no ­siempre estamos preparados para encontrarnos con eso que se devela cuando nos detenemos un momento frente a la página en blanco.

 

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