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Secretos de uno de los grandes músicos del siglo XX

El húngaro Béla Bartók fue uno de los mayores compositores e investigadores musicales contemporáneos. Su originalidad fue un enigma que aún hoy se sigue debatiendo

Fue el musicólogo Ernö Lendvai el primero que descubrió el secreto de Béla Bartók. El inspirador secreto de la música del gran compositor húngaro era un matemático del siglo XII conocido como Fibonacci. La llamada sucesión de Fibonacci es una serie de números en la cual cada término es la suma de los dos anteriores. Se encontró que la música de Bartók está dividida en secciones áureas, centros armónicos simétricos y ritmos basados en la serie periódica de números que Fibonacci. Bartók contestó que no aplicaba ningún sistema preconcebido, que trabajaba por instinto. Que su secreto era otro.

Béla Bartók comenzó a componer a los 9 años. A los 22 años creó el poema sinfónico Kossuth, dedicado al patriota y héroe de la revolución húngara de 1848 contra el absolutismo imperial de Viena, Lajos Kossuth. Su gran influencia inicial fue Richard Strauss, a quien escuchó en Budapest, en 1902, en el estreno de Also Sprach Zarathustra. Estaba muy atraído por la música folklórica de su país y la de los países balcánicos, la que al mixturarla con la música que conoció en su formación clásica, dio como resultado una obra original e innovadora que le dio celebridad en el mundo entero. Sus canciones y danzas populares son de una armonización exquisita, al punto de considerarlas, algunos críticos, a la altura de las creaciones de Igor Stravinsky, Dmitri Shostakovich y Arnold Schoenberg. Bartók recorría los pueblos de campaña de Hungría grabando su música, captando la esencia de las czardas y los sonidos de los instrumentos tocados por los campesinos. Dijo: “El estudio de la música popular tuvo un significado decisivo porque me permitió liberarme del dominio del sistema de tonos mayor y menor”.

El secreto de Bartók radicaba en su vastísimo conocimiento de los clásicos y del folklore europeo y árabe. Él se atrevió a fusionar esas tradiciones musicales con gran libertad y originalidad. Su propia labor creadora sería determinante, hasta permitirle desvincularse de la profunda deuda con la tradición romántica anterior, en especial de la representada por autores como Liszt, Brahms y Richard Strauss.

Con la caída de la monarquía húngara, Bartók ocupó un puesto en el Consejo de Música creado por la república soviética. Fue su única participación en la política. Fue entonces que recorrió todo Hungría compilando la anónima música de los campesinos de su tierra. Transcribía al piano esas melodías, rescatándolas del fondo de los tiempos, haciéndolas emerger de las profundidades del olvido. Su propia música se nutrió de esas sonoridades antiguas, de esas texturas de rústica belleza que sobrevivían apartadas del reconocimiento público. Hoy se podría refutar al crítico Lendvai diciendo que el secreto de Bartok no debe buscarse en las matemáticas, sino en su apego a la memoria popular, a la música acunada en las aldeas húngaras, como la de Nagyszentmiklós, en la que Béla Bartók nació en 1881.

El avance del nazismo en Hungría decidió a Bartók a exiliarse, llevándose consigo todos los estudios de etnología musical que había realizado durante décadas. Se asiló en los Estados Unidos, donde continuó su trabajo de transcripción y estudio del folklore musical de su región. Decía: “Si el dinero que el mundo gasta en un solo año para los preparativos de guerra se destinara al estudio de los cantos folklóricos, la suma recogida alcanzaría para registrar toda la música popular del planeta”. Hasta el final, siguió dando clases y conciertos, explorando las posibilidades musicales del folklore centroeuropeo.

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