Actividad, empleo e ingresos: señales de una recesión persistente
Indicadores productivos, consumo y salarios muestran un deterioro sostenido. La industria opera en mínimos y el mercado laboral no logra recomponerse.
Los últimos registros brindados desde el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires describen un escenario de contracción económica en la Argentina. Datos oficiales y relevamientos privados coinciden en que, tras un 2024 negativo, la actividad real no logró consolidar una recuperación durante 2025. Las variaciones interanuales de los principales indicadores productivos se mantuvieron mayormente en terreno contractivo, con descensos en la industria manufacturera, la construcción y distintos segmentos del comercio. La dinámica agregada sugiere una recesión prolongada, con impactos visibles en el entramado empresarial y el empleo.
En el plano industrial, la utilización de la capacidad instalada se ubicó en torno a valores históricamente bajos, con un promedio cercano al 53% hacia el cierre del año. Algunas ramas estratégicas —entre ellas textil, automotriz y metalmecánica— exhibieron niveles aún más reducidos, en ciertos casos por debajo del 40%. Este comportamiento no sólo indica debilidad de la demanda, sino también una menor intensidad operativa de las plantas, con efectos directos sobre costos, inversión y sostenibilidad de las unidades productivas. En paralelo, las estadísticas sectoriales reflejaron retrocesos en producción y despachos, consolidando un cuadro de enfriamiento.
El deterioro de la actividad tuvo correlato en la estructura empresarial. Recuentos recientes muestran una disminución significativa en la cantidad de firmas activas, con estimaciones que superan las 22 mil bajas en el período. En ese contexto se inscriben cierres de alto impacto, como el de Fate, que volvió a poner en debate la viabilidad operativa de sectores intensivos en empleo. La reducción del tejido productivo suele amplificar los efectos recesivos, al limitar la generación de valor agregado, empleo y recaudación tributaria.
El mercado laboral tampoco presentó señales claras de recomposición. Las series de empleo registrado marcaron caídas interanuales, mientras que la creación de puestos formales permaneció débil. Distintas mediciones estiman una salida de aproximadamente 300.000 trabajadores del empleo formal, fenómeno que incide sobre ingresos, cobertura social y consumo. La pérdida de dinamismo en el trabajo registrado, además, condiciona la recuperación de la masa salarial y la demanda interna.
En materia de ingresos, los indicadores de salarios y haberes previsionales continuaron mayormente en rojo frente a la inflación. Tanto la remuneración promedio como los ingresos jubilatorios mostraron variaciones reales negativas en la comparación anual, afectando la capacidad de compra de los hogares. Esta restricción se reflejó en los datos de consumo: ventas minoristas, operaciones en supermercados y recaudación asociada al IVA exhibieron desempeños contractivos. El aumento de la morosidad en créditos familiares, por su parte, sugiere tensiones financieras crecientes.
La convergencia de estos factores —actividad débil, industria en mínimos, retracción empresarial, empleo en baja e ingresos erosionados— configura un cuadro macroeconómico exigente.
