cultura

El cordobés que hizo grabar discos a grandes escritores

Hector Yanover era un poeta que se dedicó a divulgar en nuestro país a sus escritores favoritos, con tal fin editó discos que perpetuaron sus voces.

Nació en Alta Gracia –Córdoba-, el 3 de diciembre de 1929. Apenas terminó el servicio militar se radicó en Buenos Aires. Tuvo una de las más célebres librerías porteñas, ubicada en calle Las Heras, frente a la Facultad de Ingeniería. Además era poeta, como lo demostró con libros como “Sigo andando”, “Hacia principios del hombre”, “Elegía y gloria” y “Las iniciales del amor”.

Sabía que un poeta no puede vivir de sus libros, pero también comprobó en carne propia, que un librero pocas veces puede vivir de la venta de libros. No fue el único escritor que convivir en él ambas vocaciones. Marcos Sastre era el dueño de la Librería Argentina, que fue uno de los centros intelectuales más importantes de Buenos Aires, en la tercera década del siglo diecinueve. José Hernández también regenteaba una librería antes de escribir el Martin Fierro. Florentino Ameghino tenía una librería en Balvanera, que abrió en 1882 con el nombre de El Gliptodonte. Isidoro Blaisten hizo lo propio con una librería emplazada en la esquina insuperablemente tanguera de San Juan y Boedo.

Decía que el cliente de librería siente un mayor respeto por el vendedor que por aquel que le va a vender una camisa o un kilo de yerba; pero sostenía que es una mirada falta, ya que no pocos de los vendedores de libros suelen ser nada más que semianalfabetos. Durante mucho tiempo sus clientes desconocían que era poeta, porque esa afición la tenía oculta. No quería mezclar las cosas. Pero cuando comenzaron las entrevistas en los diarios, quedó al descubierto.

Aseveraba que una librería cubre todas las inquietudes de la sociedad. Siempre hay un título que representa o conforma a cada uno de los diferentes intereses, pero son muy pocos los que son capaces de recorrer la estantería desde la novela hasta la política, la antropología y la poesía.

Los libros que más recomendó como librero fueron “El cazador oculto” de Salinger y “El barón rampante” de Italo Calvino. Decía que para sentir cada día la música hay que escuchar mucha música, para comprender pintura hay que mirar muchos cuadros, y para que la literatura nos conmueva hay que frecuentarla.

En 1967 creó el sello AMB, que edito una colección de discos que dejó registradas las voces de escritores como Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato y Oliverio Girondo, entre otros. Ese año, fue la única vez que García Márquez viajó a Argentina, invitado por la revista Primera Plana, para ser jurado de su concurso de novela. El único lugar en el que accedió a firmar ejemplares de su recientemente publicada novela “Cien años de soledad”, fue en la librería de Héctor Yánover.

Conoció a Julio Cortázar en 1951, leyendo “Bestiario”, siguiendo la recomendación de una clienta de su librería. En junio de 1968 viajó a París, y Cortázar lo invitó a su casa. Pasaron el día juntos. Hablaron y coincidieron en muchas lecturas, en los dibujos de Oski y en los textos de César Bruto que ambos sabían de memoria. Cortázar lo nombra a Yánover al comenzar el disco que grabó en 1970. “A ese nombrar lo vivo como una condecoración”, diría años después. Cada vez que Cortázar regresó a Argentina, tenía como una de sus paradas obligadas, decía que “paraba” en la librería de su amigo y que si querían hacerle llegar algo, se lo dejaran allí. El 13 de octubre de 1983, Julio Cortázar le escribió: “…ando medio enfermo y todo se me trabuca…espero que nos veamos hacia febrero, tengo toda la esperanza de poder darme una vuelta”. Pero vino en diciembre del 83 –al poco de asumir Raúl Alfonsín-,y, al subir al taxi, cuando se despedían, Cortázar le dijo: “Volveré en marzo y me quedaré un tiempo”. El resto es historia conocida.

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