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La mujer que reinó durante dos décadas

El nombre de Zoe Porfirogeneta hoy no dice nada, pero a comienzos del segundo milenio fue una de las emperatrices más poderosas del mundo.

En una carrera llena de acontecimientos, reinó junto a tres maridos, intervino en la sucesión de su hijo adoptivo y, en 1042, fue co-gobernante con su hermana Teodora. Zoe es objeto de una biografía pintoresca y poco halagüeña en la Cronografía del historiador bizantino del siglo XI, Miguel Psellos. Sin hijos pero con poder, se convirtió en la soberana que mantuvo su legitimidad durante más de dos décadas mediante alianzas matrimoniales estratégicas y en protagonista de una trayectoria tan apasionada como fascinante.

La lista habitual de emperadores bizantinos que aparece en los manuales y textos históricos suele omitir a las mujeres que ostentaron el título de «Augusta» y que, como esposas, madres e incluso emperatrices, desempeñaron un papel activo en el gobierno del Imperio. Entre todas ellas, pocas figuras resultan tan fascinantes y controvertidas como Zoe Porfirogeneta o Zoë. Su sobrenombre, «Porfirogeneta», que significa «nacida en la púrpura», no solo aludía a su nacimiento en la cámara imperial alrededor del año 978, sino que también respaldaba su derecho al trono y reforzaba su autoridad como soberana.

Emergió por primera vez en el escenario de la historia cuando su tío, el emperador Basilio II (que reinó del 976 a 1025 d.C.), la prometió en un matrimonio de alianza a Otón III, el emperador del Sacro Imperio Romano. Zoe, que entonces tenía 23 años y se decía que era de una gran belleza, zarpó en 1001 de Constantinopla, pero al llegar a Bari recibió la triste noticia de que Otón había muerto. Fue uno de esos momentos de la historia que abren el interrogante contrafáctico: "¿qué podría haber sucedido si las familias imperiales de los dos grandes imperios de Occidente se hubieran unido?”. Zoe regresó a su casa para pasar los siguientes 27 años en la reclusión del Gran Palacio de Constantinopla, a la espera del momento propicio que no tardaría en llegar.

El historiador y cortesano bizantino Miguel Psellos (1018 - c. 1082 d.C.), que había visto a la emperatriz con sus propios ojos cuando ya era anciana, describió el carácter y el físico de Zoe en los siguientes términos: “Era muy regia en sus formas, una mujer de gran belleza, muy imponente en sus modales y que exigía respeto... Zoe era una mujer de intereses apasionados, preparada con igual entusiasmo para ambas alternativas: la muerte o la vida, quiero decir”.

Zoe no accedió al poder hasta una edad avanzada, pero su astucia política y determinación le permitieron mantener su posición y navegar un camino complejo para ejercer el poder que por derecho le correspondía, a pesar de las inmensas presiones y conspiraciones palaciegas. Su formación fue rigurosa, como correspondía a una princesa imperial. No solo dominaba el griego, sino también el elaborado ceremonial cortesano bizantino, donde cada gesto y palabra estaban cargados de significado político. Esta educación la preparó para su futuro papel, aunque tendría que esperar décadas para ejercerlo. Mientras su tío Basilio II, conocido como el «Matador de Búlgaros», gobernaba junto a su padre Constantino VIII, Zoe permaneció en segundo plano. No obstante, tras la muerte de su tío, su padre ascendió al trono imperial. Al no tener hijos varones, Constantino VIII vio en sus hijas el único medio para perpetuar la dinastía macedónica.

En 1028, con Constantino VIII en su lecho de muerte y con 50 años de edad, Zoe fue casada con Romano Argyros, un aristócrata bizantino seleccionado como sucesor después de que su hermana Teodora, de inclinaciones ascéticas, rechazara el matrimonio. Al día siguiente de la muerte del emperador, Zoe y Romano III fueron proclamados gobernantes del imperio.

La historiografía tradicional, influída por prejuicios de género, ha tendido a denigrar el papel de las emperatrices bizantinas, atribuyéndoles estereotipos negativos e influencias destructivas. Sin embargo, la pervivencia de Zoe en el poder durante más de dos décadas, su habilidad para sortear intrigas palaciegas y su capacidad para generar lealtad popular demuestran sus excepcionales dotes políticas. En la memoria colectiva bizantina quedó como «la única entre todas las mujeres que es libre».

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