cultura
La última visita de Julio Cortázar
El gran escritor argentino vino a despedirse de su país no bien recuperada la democracia, ante el amor de sus lectores y la desidia oficial.
Hacia finales de 1983, Julio Cortázar venía de Nicaragua y traía consigo su último libro, Deshoras: cuentos nostálgicos, despojados de su siempre presente Buenos Aires. Y una nueva rebeldía: la de la revolución sandinista. Ante jóvenes universitarios que con devoción casi mística lo escucharon, Julio Cortázar leyó textos sobre su viaje a Solentiname, la idílica isla de Ernesto Cardenal en la Nicaragua sandinista. Y en Coyoacán, el colonial barrio mexicano.
Por entonces se sentía un exiliado, más precisamente desde el golpe militar de Jorge Rafael Videla. Antes de eso jamás se había sentido de esa manera, y le divertía que algunos compatriotas lo calificaran como tal. Para Cortázar el exilio conlleva siempre una compulsión, una violencia en cualquier plano, moral o físico, y en su caso era muy diferente, puesto que se fue de Argentina por su propia voluntad, y además se había pasado casi treinta años haciendo viajes periódicos a su país. Pero cuando bajo Videla empezó el terror, y cientos de miles de argentinos se vieron obligados a marcharse del país, sintió que entraba automáticamente en la categoría de exiliado, ya que no hubiera podido volver sin riesgos.
Las propias autoridades se encargaron, junto con grupos paramilitares, de hacérselo saber claramente. Desde su situación de exiliado, al igual que tantos otros, Cortázar hizo todo lo que estaba a su alcance para combatir los regímenes sucesivos que sometían al país a la peor opresión que jamás hubiera conocido. No obstante, Cortázar solía repetir que tenía una idea más que positiva del exilio si se era capaz de no ceder la nostalgia y a la tristeza, y combatir desde el frente exterior como otros lo hacían en el interior. En ese sentido no había ninguna diferencia entre lo que era antes de volverse un exiliado y lo que era entonces: “Creo que un escritor responsable – decía el autor de Rayuela- no tiene derecho a renunciar a su deber moral y político ante sus lectores, o sea, a su pueblo (y por esto entiendo a toda la América Latina). Si un día me toca volver a Argentina no modificaré en nada mi manera de ser y de actuar en todos los planos de mi trabajo y de mi vida”.
En ese momento la prensa aseguraba que su escritura se había vuelto más descarnada: “Es una pregunta que yo mismo me hago a veces. Pienso que es una cuestión de edad, de búsqueda de lo esencial con eliminación de elementos que en otros tiempos hice entrar en mi narrativa y que hoy me parecen prescindibles”. No obstante, a Cortázar a veces le molestaba aquella tendencia de escribir más secamente que antes, más directamente: sintiendo como una pérdida del placer de antaño. Él mismo lo llamaba “economía”, que en la madurez se hace sentir en todos los planos de la vida, como subir más despacio la escalera, y también escribir más despacio, para no dejarse llevar por las tentaciones de la escritura. Cortázar sostenía que cuando se han escrito más de 80 cuentos y cada uno ha sido una experiencia a veces terrible y en todo caso traumatizante para el escritor, uno tiende a pensar que sus lectores también han debido madurar en el mismo sentido, y que leerán con la misma densidad con que él trataba de escribir.
Nunca pudo conciliar del todo su trabajo de escritor con la disponibilidad de tiempo para participar en los foros internacionales, sino que simplemente se lo aguantaba. Los foros le habían quitado un tiempo enorme para su trabajo narrativo. Al principio se rebelaba, o esperaba que la situación geopolítica mejorar al punto de dejarlo más libre en ese plano. Pero cuando comprendió que era al revés, que estaba obligado a pasar cada vez más tiempo en aviones, hoteles y mesas redondas, se dijo a sí mismo que su decisión era la única posible dadas las circunstancias, y que después de todo una gran parte de su trabajo ya estaba escrito y eso no podía quitárselo nadie.
El 12 de febrero de 1984 Cortázar falleció en París, tras haber regresado a la Argentina por unas pocas semanas con el advenimiento de la democracia en 1983.
